De la nostalgia informativa a la saturación algorítmica

En mi infancia, las noticias llegaban con retraso, mucho después de los hechos. Salvo excepciones históricas como la muerte de John Lennon (1980) o la caída del Muro de Berlín (1989) -eventos que trascendían el filtro oficial-, el grueso de la información nos llegaba tamizado tras meticulosos análisis sobre qué convenía difundir. Este control buscaba preservar el estatus quo sociopolítico de la época, decidiendo qué merecía ser visto y qué debía silenciarse.  

Hoy somos rehenes del algoritmo. Al mostrar interés en algún tema -especialmente político, ámbito donde el dinero dicta visibilidad como bien apuntaba aquel político mexicano: "quien se mueve no sale en la foto"- el sistema nos inunda de contenidos afines. Las notas sensacionalistas campan a sus anchas, alimentando mentes ávidas de morbo, mientras las noticias locales languidecen: llegan tarde, descontextualizadas, convertidas en ruido blanco. Creemos elegir libremente, pero en realidad softwares ocultos nos sirven versiones edulcoradas de nuestra propia curiosidad, como aquel niño de Matilda atiborrado de chocolate hasta el hastío.  

Mi sueño frustrado fue siempre el periodismo itinerante: escribir crónicas viajeras, fusionar humanismo con relato social. Hoy equivaldría al nómada digital que documenta experiencias para audiencias globales. Sin embargo, el destino me encaminó hacia la informática y las humanidades.  

Intenté adaptarme: los blogs fueron mi refugio inicial, espacios donde desplegar prosa reflexiva. Su declive ante el auge del video y los mensajes breves (Twitter, luego X) me afectó profundamente. Mi escritura se atrofió, reducida a párrafos telegráficos. Hoy, esa red es campo fértil para bots de influencia política que distorsionan la realidad en lugar de reflejarla.  

Mi incursión en TikTok sigue la lógica de nuestra época: consumo voraz versus creación testimonial. Producir videos me satisface, pero los algoritmos premian la inmediatez, no la calidad. Los pioneros que adoptaron pronto estas plataformas siguen dominando, no necesariamente por mérito sino por simple persistencia adaptativa. YouTube exige aún más dedicación para monetizar, mientras nuestras pantallas devoran horas en scroll infinito entre reels, stories y tweets.  

Mi actual epifanía viene en formato auditivo. Siguiendo a creadores de mi generación como Simon Pegg -actor bisagra entre Star Trek y Star Wars, cuya autobiografía en audiolibro disfruto intermitentemente- redescubro el poder narrativo sin imágenes. Una lesión lumbar me alejó del ejercicio intenso, pero al retomarlo opté por el silencio contemplativo, luego sustituido por voces que me acompañan mientras corro.  

Las limitaciones visuales (mis ojos ya no toleran largas lecturas) me llevaron a los audiolibros, especialmente cuando los narra el autor. La magia está en captar sus inflexiones, esa cadencia íntima que el texto escrito no transmite. Herramientas como el dictado por voz de Google -aunque aún torpe en puntuación- me permiten convertir reflexiones en movimiento a textos estructurados, reviviendo aquella fantasía futurista de los 80.  

Mi propósito actual es subvertir la lógica del algoritmo: privilegiaré audiolibros sobre videos virales, crearé contenido sustancial aunque las plataformas premien lo efímero. El texto escrito resiste, pese al reinado audiovisual. Quizás nunca monetice esto, pero como escribió Galeano: "Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo". Mi revolución será microscópica, pero auténtica.  

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