No, porque la fuente de energía del Sol no proviene de una burda combustión humeante, sino de la fusión termonuclear que se desarrolla en las profundidades del interior de su núcleo, a temperaturas de millones de grados. El Sol, como muchas otras estrellas, produce un viento de partículas que viajan a través del sistema solar a unos 450 kilómetros por segundo. Este viento consiste en electrones y protones en un gas ionizado llamado plasma, ligado a un campo magnético débil. La densidad de este viento en las proximidades de la Tierra es de unas 5 a 100 partículas por centímetro cúbico. Algunas estrellas muy antiguas, como Betelgeuse, la estrella brillante de Orión, se encuentran en su fase de gigante o supergigante roja, y poseen capas exteriores a temperaturas de unos pocos miles de grados tan sólo.

En esas condiciones, los átomos de carbono y de silicio se pueden combinar para formar granos de polvo y «carbonilla» que son expulsados al espacio debido a la presión de radiación. Esas estrellas están realmente produciendo humo, pero por un proceso de condensación, no de combustión. Algunas estrellas muy antiguas, tal como IRC+10216, arrojan tanto hollín al espacio que quedan cubiertas por una nube que las oculta completamente de la vista. Solamente mediante detectores infrarrojos se las puede ver luciendo resplandecientes.