La violenta erupción del volcán Krakatoa, en Indonesia, el 27 de septiembre de 1883, la más grande registrada en la historia, tuvo impacto en todo el mundo; una de las manifestaciones provocadas por las miles de toneladas de polvo y ceniza, además de la baja temperatura en el planeta, fue que en Europa los atardeceres adquirieron un peculiar tono rojizo. En Inglaterra, Ashcroft pintó un centenar de atardeceres sombríos y espectaculares que reflejaban con fidelidad este fenómeno, el cual se mantuvo unos tres años, hasta 1886.