Hay tardes en las que el silencio de la casa se siente como un refugio. Es ese momento en el que cerramos la puerta, dejamos el ruido del mundo afuera y, por fin, bajamos la guardia. En esa soledad elegida hay una especie de medicina silenciosa; es el espacio donde nos recuperamos de las expectativas ajenas y volvemos a escucharnos a nosotros mismos. Sin embargo, existe otra clase de silencio, uno que no se busca y que no alivia, sino que pesa. Es esa sensación de estar en una habitación llena de gente y sentir que hay un cristal invisible que nos separa de los demás.
James Pennebaker, que ha dedicado gran parte de su vida a entender los hilos que nos unen y nos separan, sugiere algo fundamental: el aislamiento solo empieza a dañarnos cuando se percibe como un exceso no deseado. La clave no está en cuántas personas nos rodean, sino en la voluntad que ponemos en nuestra ausencia. Cuando decidimos apartarnos para encontrarnos, la mente descansa. Pero cuando la soledad se nos impone, cuando el tiempo a solas se alarga más de lo que nuestras fuerzas pueden sostener, algo en nuestro interior empieza a emitir una señal de socorro.
Es fascinante, y a la vez inquietante, descubrir que para nuestro cerebro la soledad tóxica no es un concepto abstracto. La neuropsicóloga Naomi Eisenberger encontró que este sentimiento activa mecanismos de alarma idénticos a los del dolor físico. No es una metáfora decir que el rechazo "duele". Evolutivamente, quedar fuera del grupo era una sentencia de muerte, y ese eco primitivo sigue resonando en nosotros. Por eso, cuando sentimos que no logramos encajar en esos círculos a los que nos gustaría pertenecer, o cuando empezamos a sospechar que no somos importantes para las personas que nosotros sí queremos, el cuerpo reacciona como si estuviéramos sufriendo una herida real.
Esa alienación es sutil. Empieza con la idea de que somos diferentes, de que operamos en una frecuencia distinta a la de nuestra comunidad. Empezamos a mirar a los vecinos, a los colegas o a los amigos de siempre, y sentimos que hablamos idiomas diferentes. Es en ese punto donde la soledad deja de ser un estado y se convierte en un problema de salud. Nos volvemos hipervigilantes, interpretamos gestos neutrales como rechazos y nos encerramos aún más para protegernos de un dolor que el cerebro procesa como una quemadura o un golpe.
Al final, la frontera es delgada. Pasamos la vida buscando ese equilibrio precario entre la necesidad de pertenecer y el deseo de ser independientes. Quizás el problema no sea la soledad en sí, sino el miedo a que nuestro espacio en el mundo se esté borrando sin que nadie se dé cuenta. Queda la pregunta de cuánta de esa distancia es impuesta por los demás y cuánta es el resultado de ese muro que levantamos cuando empezamos a creer que no somos como el resto.

Siempre leo lo que me envían... de antemano te agradezco tu comentario. :D