La arquitectura del deseo y el miedo
La persistencia del vampiro en el imaginario colectivo no es un accidente estético, sino un síntoma de nuestra propia fragilidad. Desde que Bram Stoker publicara su novela gótica en 1897, el no-muerto ha operado como un espejo oscuro donde la humanidad proyecta sus ansiedades más profundas: la vejez, la enfermedad, el deseo prohibido y la finitud de la carne. No se trata simplemente de una figura de terror; es una herramienta analítica que nos permite explorar qué significa ser humano a través de su antítesis.
El vampiro es el "superviviente dramáticamente generacional" por excelencia. A diferencia de otros monstruos que representan miedos primordiales pero estáticos —el hombre lobo y la pérdida de control, el fantasma y el remordimiento—, el vampiro es plástico. Se adapta. Se infiltra en la alta cultura y en la baja estopa del entretenimiento con la misma facilidad con la que cruza un umbral al ser invitado.
Evolución de la fisonomía del horror
La historia del cine y el teatro nos permite rastrear esta mutación. En los inicios, el vampiro era la representación física de la peste y la corrupción. El Count Orlok de F.W. Murnau en Nosferatu (1922) era una criatura de rasgos ratoniles, un vector de enfermedad que no buscaba seducir, sino consumir. Esta versión del monstruo, que hoy resurge en la visión de Robert Eggers para 2024, representa el miedo a lo invadible, a aquello que no tiene salvación y cuya sed es puramente animal.
Sin embargo, el paradigma cambió con Bela Lugosi en 1931. El vampiro dejó de oler a tumba para oler a aristocracia. Lugosi introdujo la capa, la elegancia y, sobre todo, la seducción. El monstruo ya no era algo que queríamos expulsar, sino algo a lo que, en el fondo, temíamos querer invitar a entrar. Esta sofisticación alcanzó su punto álgido con Christopher Lee en los estudios Hammer, donde la sexualidad se volvió explícita, y posteriormente con Frank Langella, cuyo Drácula obligaba a considerar una pregunta existencial: ¿es preferible una vida eterna y condenada o una existencia breve pero con significado?
La política de la sangre
A medida que avanzamos hacia la segunda mitad del siglo XX, el vampiro se convirtió en un contenedor de ansiedades sociales y políticas. En la década de los 70 y 80, la figura se diversificó para representar identidades marginadas y crisis de salud pública. El cine de "Blaxploitation" con Blacula (1972) y obras como Ganja & Hess exploraron la identidad afroamericana y la adicción a través de la metáfora de la sangre.
Con la llegada de la crisis del VIH/SIDA, el vampirismo recuperó su cariz de enfermedad transmitida por fluidos. Películas como Near Dark (1987) de Kathryn Bigelow funcionaron como alegorías directas de la respuesta estadounidense ante la epidemia. La sangre dejó de ser solo vida para convertirse en un riesgo, un vehículo de muerte silenciosa que acechaba en los encuentros íntimos.
El giro queer y la identidad
El enfoque de "oportunidad equitativa" para el consumo de sangre ha permitido que el género sea un refugio para la narrativa queer. Desde la codificación de Barnabas Collins en Dark Shadows hasta el triángulo amoroso en The Hunger (1983) con David Bowie y Catherine Deneuve, el vampiro ha personificado el "ser diferente". El deseo del vampiro no entiende de géneros, solo de esencia, lo que ha permitido a generaciones de jóvenes encontrar en estas figuras una representación de sus propias luchas internas y deseos no normativos.
La comedia como catarsis
No todo en el vampirismo es gravedad. La parodia ha sido un mecanismo de defensa esencial. Desde que Lugosi se burló de su propio mito en Abbott and Costello Meet Frankenstein (1948) hasta el éxito de la serie mockumentary What We Do in the Shadows, la risa ha servido para domesticar al monstruo. Al convertir al depredador en un compañero de piso torpe o en un padre de familia animado como en Hotel Transylvania, la cultura de masas intenta mitigar el miedo a la muerte, transformando el terror en algo cotidiano y digerible para la "Generación TikTok".
El escenario actual: entre el musical y el mito
Hoy, el teatro intenta reclamar la figura. Con producciones como la versión unipersonal de Cynthia Erivo en el West End o el musical de The Lost Boys en Broadway, el vampiro busca nuevas formas de infectar la cultura. Como bien señala el director Michael Arden, no se trata de encajes victorianos y candelabros; se trata de pistolas de agua con agua bendita y la crudeza de la supervivencia. El vampiro sigue aquí porque nosotros seguimos aquí, temiendo a la oscuridad pero fascinados por lo que habita en ella.
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Siempre leo lo que me envían... de antemano te agradezco tu comentario. :D