Estoy leyendo a Cortázar —a Julio, como si hubiera otro Cortázar a quien leer— y debo decir, con toda franqueza, que no entiendo nada. No entiendo su prosa ni su poesía, si es que realmente son suyas; a veces sospecho que le adjudica la autoría de lo que escribe a personajes que solo existen en sus páginas, seres que no tienen más remedio que ser reales solo porque él los nombra.

Lo leo y me pregunto a quién le habla. Hay un gusto extraño en ese intento de sentirse 'ilustrado' al hojearlo, o quizás no sea eso; tal vez uno intenta construirse a sí mismo a través de sus laberintos. Yo, para ser sincero y sin esconderme en la tercera persona —esa muleta de quien quiere parecer intelectual—, lo compré hace años solo para saber de qué hablaba todo el mundo. Quería pertenecer.

Pero sigo fuera. No he leído Rayuela. Lo he intentado, de verdad, pero no paso de las primeras páginas. Lo tengo en digital, pero no sé si es Cortázar o la editorial quien impone esas instrucciones de lectura que, lejos de invitarme, me quitan las ganas. Se siente como una tarea escolar para la cual no estoy preparado en esta etapa de mi vida; un examen que no pedí presentar.

Sigo sin ver el fuego que otros ven. Recuerdo aquel librito de cubierta naranja, con el texto amontonado como un periódico viejo. Pensé que me pasaría como con Gabo: que si lees Cien años de soledad ya conoces su alma. Pero aquí, en este Último round lleno de fotos y grafitis, sospecho que su obra es un rompecabezas cuyas piezas no quiero encajar.

Al final, ninguna de sus historias me incita a buscar respuestas fuera del papel. ¿Por qué es tan grande Cortázar? Quizás su genialidad sea un pozo hondo donde nos tiramos todos para no desentonar con la época. O tal vez sea solo un invento mío, una idea fabricada por esos viejos programas de televisión en blanco y negro, cuando las voces solemnes de los canales del Estado nos convencían de que lo incomprensible era, por fuerza, arte.

Mientras lo leo escucho a The Cardigans