La dictadura de la vacuidad y el código del fin del mundo – 31 de diciembre de 2025
Vivimos en la era de la "escoria" procesada por algoritmos, un vertedero digital donde la originalidad ha sido sustituida por el reciclaje infinito de datos mediocres. Mientras el mundo se desvive por anticipar una cartelera de cine para 2026 que huele a recalentado —con secuelas y precuelas que nadie pidió pero todos consumen—, la realidad física nos arroja cubetazos de agua fría que la inteligencia artificial no puede filtrar. Lo único real que nos queda son los números que no mienten y los códigos que, literalmente, pueden borrar el mapa.
Resulta irónico que en el año en que la IA terminó por "slopificar" cada rincón de nuestra existencia, desde el refrigerador hasta el buscador de Google, el Centro Espacial Kennedy de la NASA tenga que admitir que es incapaz de detectar un simple dron comercial. La soberbia tecnológica de una agencia que pretende colonizar Marte se desmorona ante un juguete de mil dólares que vuela sobre sus narices. No es falta de presupuesto; es la ceguera de una burocracia que confía más en el software que en el sentido común.
El sistema está saturado
Somos una sociedad de la abundancia inútil, funcionando como un número abundante en matemáticas, donde la suma de sus divisores excede al propio número. No es riqueza, es exceso mal administrado. Pueden consultar la definición técnica en Wolfram MathWorld.
Por eso no debería sorprender a nadie, y mucho menos a esos jefes de la generación "boomer" que aún creen en la mística del organigrama, que los millennials estén mandando al diablo las posiciones directivas. ¿Quién en su sano juicio querría administrar el caos de una empresa moderna? Ser directivo hoy no es liderar, es ser el conserje de lujo de una oficina llena de procesos automatizados que no funcionan y empleados que solo esperan el viernes para no volver a ver un "prompt" en su vida.
No es falta de ambición, es lucidez ante un sistema que premia la obediencia sobre el talento.
El fin de la originalidad
Incluso nuestra música, ese refugio sagrado de la emoción, ha resultado ser un ejercicio de préstamo y robo sistemático. Si descubrimos que las canciones más icónicas de las últimas décadas no son más que retazos de fuentes insospechadas, ¿qué nos queda por inventar? Nada. Solo nos queda la síntesis, el remix del remix, la industrialización del plagio que la IA ha perfeccionado hasta convertirla en un ruido blanco insoportable.
En medio de este océano de contenido desechable, los códigos nucleares se mantienen como el último bastión de la información con peso real. No hay algoritmos generativos ahí; solo una secuencia fría, definitiva y analógica que no admite interpretaciones ni "alucinaciones" de software. Es el recordatorio de que el poder sigue residiendo en lo que es físico y verificable, como detallan los protocolos del Nuclear Football.
Estamos a un error de cálculo de que la escoria digital sea lo último que hereden las cucarachas.
- La NASA busca soluciones ante la vulnerabilidad de sus instalaciones críticas.
- Los millennials prefieren el bienestar personal sobre la toxicidad jerárquica.
- El cine de 2026 apuesta por la nostalgia segura ante la falta de ideas nuevas.
Quizá los millennials tengan razón: en un mundo que se cae a pedazos entre drones indetectables y música reciclada, la única aspiración razonable es no ser el responsable de apretar el botón, ni el de explicar por qué el algoritmo decidió que hoy es un buen día para el apocalipsis.
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