Habilidades obsoletas: cosas que antes te hacían competente y hoy revelan tu edad

Hay habilidades que antes demostraban que eras una persona funcional. Un adulto. Un individuo preparado para enfrentarse al mundo. Hoy las haces enfrente de un muchacho de veinte años y te observa como si acabaras de encender fuego frotando dos piedras.

La tecnología no solamente vuelve obsoletos los aparatos. También vuelve obsoletas las cosas que aprendimos para usarlos. Y eso es peor, porque puedes tirar el aparato, pero todo ese conocimiento sigue dentro de tu cabeza ocupando espacio. Yo tengo habilidades que ya no sirven para nada y ahí están, perfectamente conservadas. Mientras tanto, no recuerdo por qué entré a la cocina.

Por ejemplo, ajustar una antena de conejo. Hubo una época en que ver televisión requería conocimientos de telecomunicaciones. La imagen se veía mal y alguien tenía que levantarse: “Muévela”. “¿Así?”. “No, regresa”. “¿Aquí?”. “Ahí... ¡ahí!”. Y tenías que quedarte agarrando la antena porque, por alguna razón, el cuerpo humano formaba parte del circuito. Soltabas y aparecía la estática. Agarrabas y la imagen se veía perfecta. Así que pasabas veinte minutos viendo televisión parado junto al aparato con un brazo levantado. Técnicamente, tú eras la antena.

Además había toda una ciencia: una varilla hacia la izquierda, la otra hacia arriba, un pedazo de papel aluminio, quizá una moneda. Nadie sabía realmente qué estábamos haciendo. Parecía más brujería que electrónica.

Actualmente una televisión, computadora o teléfono deja de funcionar y nuestra principal habilidad tecnológica consiste en reiniciarlo. ¿No funciona Netflix? Reinicia. ¿No funciona el teléfono? Reinicia. ¿No funciona la computadora? Reinicia. Estoy esperando el día en que el médico diga que mis análisis salieron mal y yo pueda preguntarle: “¿Ya intentó apagarme y encenderme?”.

Otra habilidad perdida es ajustar el tracking de una videocasetera. Si eres joven probablemente ni siquiera sabes qué significa esa frase. Ponías una película en VHS y aparecían unas rayas atravesando la imagen. Entonces había que ajustar el tracking: un poquito, un poquito más, te pasaste, regresa... ahí. Perfecto. Y aparecía Arnold Schwarzenegger con media cabeza distorsionada, pero considerábamos que aquello ya estaba bien.

La videocasetera nos entrenó además en otra habilidad fundamental: rebobinar. Una película no terminaba cuando aparecían los créditos. Todavía faltaba una obligación moral: regresar la cinta al principio, sobre todo si era rentada. Los videoclubes incluso pegaban etiquetas que decían “Sé amable. Rebobina”. Había toda una campaña de civismo construida alrededor de regresar una cinta al principio, porque si no la rebobinabas el siguiente cliente tenía que hacerlo. Y ese pobre desgraciado sabía perfectamente que alguien antes que él había decidido no hacerlo.

Hoy terminas una película en streaming y la plataforma automáticamente empieza otra. Ni siquiera tenemos tiempo de procesar emocionalmente que murió el protagonista. Antes terminaban los créditos, te levantabas, sacabas la cinta y la rebobinabas. Durante esos minutos incluso podías reflexionar sobre la película. O ir al baño. Ambas cosas eran importantes.

También sabíamos marcar un teléfono de disco. Aquello sí exigía compromiso. Metías el dedo, girabas, esperabas a que regresara el disco y repetías el procedimiento con cada número. Como te equivocaras en el último dígito, a empezar otra vez. Actualmente nos parece una tragedia tener que introducir seis números de un código de verificación. Antes hacer una llamada telefónica era una actividad artesanal, y los números con muchos nueves parecían una falta de respeto.

Además memorizábamos números telefónicos. Sabías el de tu casa, el de tus abuelos, el de tu novia, el de dos amigos, el trabajo de tu papá y probablemente el de alguna pizzería. Ahora, si pierdes el celular, quizá no puedas llamar ni a tu propia madre. “¿No sabes el número?”. Claro que lo sabes: aparece como “Mamá”.

Otra habilidad desaparecida: levantarte del sofá para cambiar de canal. Los televisores no siempre tuvieron control remoto. Había que caminar hasta el aparato y girar una perilla. Canal dos, canal cuatro, canal cinco. Eso significa que antiguamente elegir qué ver requería ejercicio. Ahora tenemos tres controles remotos encima de la mesa y aun así no encontramos el adecuado. “¿Cuál prende la tele?”. “El negro”. “Los tres son negros”. Y terminamos viendo el programa que ya estaba porque encontrar el control correcto da más flojera que levantarse.

Luego está alinear el papel en una impresora matricial. Aquellas impresoras utilizaban papel continuo con agujeritos a los lados que había que colocar en unos pequeños tractores. Alinear, cerrar, mover, probar... y entonces comenzaba aquel inolvidable “TRRRRRRRRRRRRR”. Una impresora matricial no imprimía: atacaba el papel con una ametralladora. Podías mandar un documento a imprimir a las tres de la mañana y despertar a toda la colonia.

Y todavía faltaba separar las hojas y arrancar las tiras perforadas de los lados. Esas tiras tenían una segunda función: entretenimiento infantil. Se las dabas a un niño y durante veinte minutos tenía juguete nuevo. La oficina de antes producía residuos y felicidad simultáneamente.

También sabíamos buscar negocios en las Páginas Amarillas. Había un libro gigantesco en casa. Necesitabas un plomero y no escribías “plomero cerca de mí”. Buscabas la P, luego “Plomerías”, y aparecían decenas de personas que aseguraban poder arreglar tu baño. Sin estrellas. Sin reseñas. Sin fotografías. Sin comentarios de otros clientes. Elegías uno básicamente por el anuncio. “PLOMERÍA EL TUBO FELIZ”. Perfecto. Este hombre entrará a mi casa.

Hoy antes de pedir una pizza queremos saber si tiene 4.7 estrellas y leer qué opinan 782 desconocidos. Antes contratábamos a alguien cuyo principal respaldo profesional era haber pagado un anuncio más grande que los demás.

También hemos perdido, al menos como habilidad cotidiana, revelar fotografías. Antes tomar una fotografía requería fe. Tomabas la foto y no la veías. Otra, tampoco. Veinticuatro exposiciones; treinta y seis si te sentías poderoso. Terminabas el rollo, lo llevabas a revelar y esperabas. Días después descubrías ocho fotografías oscuras, cuatro movidas, tres con un dedo frente al lente, dos donde alguien cerró los ojos y una perfectamente enfocada de una persona que nadie recordaba.

Y aquellas fotografías se guardaban. ¿Por qué? Porque habían costado dinero. Actualmente hacemos treinta fotografías de un plato de comida y borramos veintinueve porque “no me convence la luz”. Antes salía tu abuela sin cabeza y decías: “Bueno, ésta va al álbum”.

Pero revelar fotografías no murió completamente. Regresó como algo artístico, artesanal e incluso caro. Es fascinante cómo funciona el progreso: primero algo es necesario, después queda obsoleto y finalmente vuelve costando el triple porque ahora es “analógico”.

Eso nos lleva a poner la aguja sobre un disco de vinilo, otra habilidad que supuestamente iba a desaparecer. El vinilo se negó a morir. Lo intentamos con el casete, el CD, el MP3 y el streaming, y el disco respondió: “Aquí sigo”.

Hoy hay jóvenes comprando tornamesas y discos nuevos, algunos explicándote la “calidez del sonido analógico”. Y tú puedes pensar: sí, yo tenía eso porque todavía no existía Spotify.

Antes manipular un disco era una habilidad cotidiana: sacarlo por los bordes, no tocar la superficie, ponerlo en el plato, levantar el brazo y colocar cuidadosamente la aguja. Si querías escuchar la cuarta canción tenías que observar los surcos y calcular dónde empezaba. Bajabas la aguja y comenzaba la tercera. Te habías equivocado. Había que volver a intentarlo.

Spotify eliminó una habilidad fundamental: aprender a aceptar que escucharás la canción anterior porque te dio flojera levantarte. El vinilo demuestra además que no todas las habilidades obsoletas mueren. Algunas regresan convertidas en personalidad.

También estaba dar cuerda a un reloj. Los relojes se detenían, pero no porque se hubiera agotado la batería. Había que darles cuerda cada cierto tiempo. Girabas la corona con cuidado, como si alimentaras una pequeña criatura mecánica que vivía en tu muñeca.

¿Y qué hacía aquel reloj? Daba la hora. Tal vez la fecha. Y eso era suficiente. Ahora un reloj puede medir el corazón, el sueño, el oxígeno, los pasos y el estrés. “Mi reloj dice que dormí mal”. No necesitaba gastar miles de pesos para saberlo. Tengo espejo.

Otra habilidad que aparece en estas listas es usar un ábaco. El ábaco es básicamente una calculadora que no necesita electricidad: bolitas ensartadas en varillas que, en manos de alguien que realmente sabe utilizarlo, permiten hacer cálculos a una velocidad impresionante. En mis manos es decoración.

Pero representa algo interesante. Antes aprendíamos a operar la herramienta. Hoy muchas veces basta preguntar: calculadora, Google, asistente de voz, inteligencia artificial. La humanidad lleva miles de años desarrollando las matemáticas para que finalmente podamos decir: “¿Cuánto es 17 por 36? No sé. Pregúntale a la máquina”.

Parece progreso hasta que no hay internet. Entonces aparece un señor de ochenta años con un ábaco y salva la civilización.

También está la taquigrafía, que prácticamente era un superpoder: un sistema para escribir rápidamente mediante signos y abreviaciones. Secretarias, periodistas, estudiantes y otras personas podían registrar el habla a velocidades impresionantes. Una hoja de taquigrafía parecía un intento de comunicación extraterrestre.

Ahora grabamos audio, transcribimos automáticamente, dictamos al teléfono y utilizamos inteligencia artificial para resumir. Probablemente pronto ni siquiera tendremos que asistir personalmente a las juntas. “¿Cómo estuvo la reunión?”. “No sé, mandé a mi IA”. “Yo también”. Perfecto: dos computadoras reunidas mientras nosotros tomamos café. Al final descubrirán que tampoco nos necesitan.

Otra experiencia casi desaparecida es ver un pase de diapositivas... de diapositivas de verdad. Una diapositiva no siempre fue una página de PowerPoint. Era una fotografía transparente y física que se colocaba en un proyector. Se apagaban las luces y alguien anunciaba: “Ahora les voy a enseñar las fotos de nuestro viaje”. Todos los invitados pensaban en silencio qué pecado habían cometido para merecer aquello.

Clac. Aquí estamos en Acapulco. Clac. Éste es el hotel. Clac. Aquí está el coche. Clac. Aquí está el mismo coche, pero visto desde el otro lado.

Las redes sociales no inventaron obligarnos a ver las vacaciones de otras personas. Sólo automatizaron el sufrimiento. Antes, por lo menos, te daban botana.

Y entonces llegamos a una habilidad que resulta un poco desconcertante dentro de una lista que venía hablando tranquilamente de antenas y teléfonos: preparar pequeños animales de caza o granja para cocinar. Esa clase de conocimientos era mucho más común cuando las personas estaban más cerca de la producción de sus propios alimentos.

Hoy mucha gente compra pollo en una bandeja de plástico y emocionalmente prefiere creer que así nace. El pollo aparece limpio y fileteado en el supermercado. No hagamos demasiadas preguntas. La civilización moderna se sostiene parcialmente en no investigar demasiado de dónde vienen ciertas cosas.

Por eso alguien puede comer pollo tres veces por semana y entrar en crisis si encuentra una pluma. Bueno... tenía que venir de algún sitio. No era una planta.

Y llegamos a otra supuesta habilidad obsoleta que ha envejecido de una manera completamente distinta: cortejar a las mujeres. No creo que el cortejo haya desaparecido. Creo que cambió de interfaz.

Antes: flores, cartas, serenata, invitar a bailar, pedir el teléfono. Ahora: “Hola”. “Hola”. “¿Qué haces?”. “Nada, ¿y tú?”. “Nada”. Y así nació el romance occidental contemporáneo.

Antes alguien podía escribir: “Desde que te vi, mis días adquirieron un sentido que antes desconocía”. Ahora tenemos mensajes de dos palabras y un emoji. El cortejo no murió. Se volvió eficiente.

También cambió algo importante: ya no tiene mucho sentido describirlo simplemente como “cortejar a las mujeres”. El asunto es mucho más recíproco. Cualquiera puede dar el primer paso, cualquiera puede invitar y cualquiera puede ser rechazado. La igualdad también consiste en que ahora todos podemos quedarnos en visto.

Lo que sí parece estar desapareciendo es saber esperar. Muchas de las habilidades antiguas eran, en realidad, habilidades de paciencia: esperar el revelado, esperar que se rebobinara la cinta, esperar que regresara el disco del teléfono, esperar que imprimiera una hoja, esperar una carta o esperar una canción en la radio.

Ahora una página tarda cinco segundos en cargar y pensamos que se cayó internet. Tres segundos. Nada. Cuatro. “Esta página está lentísima”. Cinco. Cerramos.

También dominábamos pequeñas habilidades que hoy parecen arqueología tecnológica: orientarnos con un mapa de papel, memorizar rutas, recordar teléfonos, escribir durante mucho tiempo a mano, quemar un CD, programar una videocasetera, rebobinar una cinta de casete con un lápiz o instalar un programa desde varios disquetes.

Y grabar una canción de la radio merecería una categoría propia. Esperabas durante horas. Finalmente empezaba tu canción. Presionabas REC en el momento exacto. Todo iba perfecto. Llegaba el último coro y aparecía el locutor: “Estás escuchando la 99.3, ¡la estación que te prende!”.

Una generación completa aprendió edición de audio por odio a los locutores.

Entonces quizá la pregunta interesante ya no sea cuáles habilidades se volvieron obsoletas. La pregunta es: ¿cuáles estamos aprendiendo hoy que dentro de veinte años harán reír a alguien?

Quizá escribir con teclado. Quizá conducir. Quizá editar fotografías manualmente. Quizá memorizar contraseñas. Quizá aprender a manejar programas específicos. Quizá escribir instrucciones para una inteligencia artificial.

Tal vez dentro de unas décadas alguien diga: “Cuando yo era joven teníamos que escribirle instrucciones a la inteligencia artificial”. Su nieto preguntará: “¿Escribirlas?”. “Sí”. “¿Tú mismo?”. “Sí”. “¿Con un teclado?”. “Sí”. “¿TENÍAN TECLADO?”.

Y entonces comprenderán.

Cada generación piensa que domina la tecnología moderna hasta que llega la siguiente. Nuestros abuelos sabían reparar cosas que nosotros tiramos. Nuestros padres aprendieron aparatos que desaparecieron. Nosotros dominamos interfaces que probablemente también desaparecerán.

Quizá por eso convenga conservar algunas de aquellas habilidades. No necesariamente porque volvamos a necesitarlas, sino porque hay algo valioso en saber hacer una cosa que el mundo ya olvidó: poner un disco, dar cuerda a un reloj, revelar una fotografía, utilizar un mapa, reparar algo antes de tirarlo o recordar un número sin preguntárselo al teléfono.

Además, cuando llegue el apocalipsis tecnológico y desaparezcan internet, GPS, streaming y teléfonos inteligentes, los viejos por fin volveremos a ser útiles.

Durante unos quince minutos.

Después alguien preguntará quién sabe conseguir comida sin una aplicación.

Y ahí sí estamos jodidos.

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