No hay recetas para ligar sin dolor

En la dinámica de las relaciones contemporáneas, la constante es la soledad; vivimos escuchando historias de parejas disfuncionales, de noviazgos fallidos, de soltería voluntaria, de un proceso de desencanto frente al reto de establecer una relación de pareja. Cada vez hay menos románticos que verdaderamente esperan envejecer con la misma persona a su lado y, por lo tanto, cada vez somos más temerosos para conocer al otro, para acercarnos y... ligar.

Pareciera que al momento de cruzar una mirada con alguien que nos parece atractivo, una ola de timidez, acompañada de una disfunción general de nuestra capacidad expresiva, se apoderara de nuestro cuerpo; el lenguaje falla, nos volvemos toscos y decididamente, perdemos el encanto.

Hay que dejar bien claro que esto pasa tanto a hombres como a mujeres, que el nerviosismo y la desconfianza son compartidos. Nadie en su sano juicio —a menos que pase por un momento de sana locura— se atreve en estos días a romper las formas de la convivencia distante para sacar de balance al otro, para provocar una respuesta no mecánica; para estimular la pasión resguardada.

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